04.30.05
Danzas de dioses, entre humo y espejos
Los libros de cuentos tienen muchas ventajas: puedes leértelos del tirón, hacer un recorrido personalizado eligiendo cuentos al azar – o por su extensión – para ser degustados en otro orden, cogerlos y abandonarlos según el tiempo de que dispongas para leer, hincarle el diente a unos cuantos y dejar el resto para más adelante, empezar por los comentarios del autor o pasarlos por alto… pocas cosas se pueden comparar a una recopilación de buenos cuentos y al juego que podemos establecer con ella. En este caso, he empezado a picar aquí y allí, y no he podido dejar el libro quieto en todos estos días, salvo los impedimentos habituales de trabajo, descanso y demás.
Me ha sorprendido, quizás, en primer momento, la aparente sencillez con que Gaiman es capaz de trasladarnos sus ideas y dar un montón de información y detalles dentro de la historia sin que esta se haga morosa. Parece que el inglés es un maestro en este apartado. Pero, sobre todo, me encanta su concepción del trabajo literario. Sin ningún tipo de prejuicio, en estas páginas se encierran tanto cuentos de una extensión media, como poemas, e incluso algún microrrelato, en un entendimiento fantástico (a mi parecer) de lo que debe ser la creación pura y dura: no importa el tamaño, extensión ni formato, sino el ser capaz de trasmitir una idea o contar una buena historia sin tener en cuenta márgenes impuestos o autoimpuestos. Y ya que, afortunadamente, podemos saborear los comentarios personales del propio Gaiman acerca de lo que siente por sus historias, o cómo fueron paridas, me parece especialmente reseñable el modo en que la cabeza del autor combina diferentes ideas, aparentemente sin ningún tipo de relación, cómo les busca las vueltas hasta dar con algo que va más allá de un mero cuento de fantasía oscura. Esa fantasía oscura que es casi su marca de fábrica, a estas alturas, y que ha hecho de él uno de los mejores fabuladores de nuestro tiempo. Porque es, ante todo, un fabulador nato, de eso no tengo duda, que como un mago sencillo en el ropaje pero poderoso en sus encantamientos, siembra éstos en forma de historias que, como él mismo dice, no son más que humo y espejos.
Y el círculo, como todos los círculos, se cierra (o mejor, es un camino que se recorre una y otra vez) y no hace más que venirme a la mente ese apelativo con que los aztecas significaban a uno de sus dioses mayores, Tezcatlipoca, (al que, por cierto, llevo tatuado en mi omoplato izquierdo): Espejo humeante… señor del cielo nocturno y las tinieblas, creador del fuego y patrón de los hechiceros… temas todos, en fin, que no son ajenos al oscuro imaginario de un autor como Neil Gaiman.
La verdad es que (nueva confesión) todavía me quedan tres o cuatro piezas del libro por abatir, pero están en el filo. Te hayas leído o no Sandman; hayas oído hablar o no de este tipo, la estrella del comic book en los años noventa… si te gusta la fantasía en estado primigenio, sin cortes publicitarios, y quieres deleitarte con historias que no buscan ser más que eso, historias; y bien contadas, además, éste es un título imprescindible.
En todos los sentidos de la palabra imprescindible…
04.27.05
A todo gas, compañeros…
Y no, no es broma…
04.26.05
Los monstruos sagrados, vistos por sí mismos.

El sin par alfiletero humano (bueno, mejor decir no-humano, ¿no?) Pinhead, parido por la fértil y oscura imaginación de Clive Barker, ha sido interpretado por el británico Doug Bradley en siete u ocho ocasiones… ya hemos perdido la cuenta… Forma parte por derecho propio de un grupo selecto de figuras fantásticas que el celuloide ha hecho conocidas en el mundo entero durante las últimas décadas. Superadas las imágenes del monstruo clásico: vampiros, licántropos y momias (sin olvidar a la atormentada Criatura de Shelley), el cine popular se lanzó a crear nuevos iconos de corte macabro con los que teñir de rojo oscuro las pantallas. Y, entre unos y otros, consiguieron su objetivo.
Doug Bradley coge los bártulos de escritor y se lanza con este Monstruos Sagrados, donde intenta trazar una historia del arte de la actuación bajo el influjo de la máscara y el maquillaje. Así, comienza apuntando hacia la Prehistoria chamanística, pasando por griegos y orientales, estableciendo un orden cronológico que llega hasta… sí, Pinhead. Imagino que narrar las largas y espeluznantes horas que pasa un actor atado a la silla de maquillaje hasta convertirse en el monstruo de una peli de terror no daba para todo un libro, y Bradley debe tirar de los intérpretes y personajes que le precedieron en fama. En el libro se habla, por tanto, de los Chaney (Sr. y Jr.), Karloff, Price, etc… hasta dar con Englund, Hodder y el mismo autor del texto. Para un amante del cine de horror, nada demasiado novedoso. Sin embargo, y de una forma casi solapada, las partes más interesantes del libro son las que se refieren a la relación artística entre Bradley y Barker, cuando ambos no eran más que entusiastas creadores e intérpretes de historias y comenzaban a montar sus propias obras teatrales, en Liverpool. La casi totalidad de ellas escritas, todo hay que decirlo, por el futuro creador de los Libros de Sangre. Así, aquí encontramos detalles usualmente poco difundidos acerca de los primeros tanteos literarios del escritor británico, y de cómo su muy particular visión del mundo onírico y fantástico ya impregnaba cualquier cosa que tocaba.
Bradley, unido de siempre a Barker de alguna u otra forma, lo convierte en uno más de los monstruos que protagonizan la obra, aunque manteniéndolo entre bambalinas. Ya puesto, hubiésemos agradecido que ese interesante cúmulo de recuerdos fuese mucho más prolijo en detalles. Pero es lo que hay: no olvidemos que este es el libro de Doug, no el de Clive. Con todo, es un texto que se deja leer, sin ampulosidades, y bastante ajustado, creo, a la idea inicial del actor/escritor. Recomendable para pasar un buen rato y refrescar la memoria.
No me he detenido a buscar información acerca de otras posibles obras de Bradley. Acabo de comprar el Humo y Espejos de Gaiman, (ya sabéis, 23 de abril… FNAC… ¡ahhh!) y mi atención se ha concentrado repentinamente en unas páginas que huelen a deseos inconfesables y suenan como aullidos lejanos en la niebla. Gaiman, Barker… ya sabéis… ¿no?
04.24.05
¿Supervillano?, ¿Superbribón?
La primera noticia que tuve de este curioso caso fue a través de La Cárcel de Papel, sitio abundantemente citado y alabado (y yo lo voy a hacer una vez más, porque se lo merece) del trabajador Álvaro Pons. En principio dudé un par de segundos: la copia parecía tan sumamente burda que no entendí cómo un artista podía llegar a aquello. Pero La Cárcel de Papel es conocida por su seriedad y profesionalidad – es punto de referencia inexcusable – y comprendí que aquello era cosa verídica. Después, webs norteamericanas, diarios peninsulares, la tele… en fin… todo quedaba expuesto al escarnio público.
Solo resta esperar al pronunciamiento definitivo de los interesados. ¿Habrá demanda judicial? ¿Se correrá un tupido velo? ¿Aplacará las iras el campechano monarca con una de sus conocidas bromillas? En todo caso, cuando la miniserie House of M llegue a nuestro país, seguro que lo hará con portadas nuevas, aunque la noticia revivirá y saldrán a flote las curiosas imágenes. En todo caso, también, no deja de ser una anécdota del mundillo friki. Una que ha traspasado nuestras fronteras mediáticas, y una que puede dar para algo de reflexión, incluso para una entrada en el blog.
Pero aquí queda la cosa, de momento…
04.21.05
Aquel Xatafi Virtual…
04.19.05
De Tinieblas nooo… de Nieblas
Ese fin de semana discutimos las bases de lo que queríamos hacer y a partir de ahí todo fue encarrilándose. Fieles a nuestro habitual estado de ebullición mental, las ideas fueron apareciendo, desechándose, aceptándose, reapareciendo… aunque no hubo demasiados percances en el camino. Hubo, sí, alguna disensión acerca del nombre con que bautizar a la criatura pero, aunque yo mismo voté por otro, he de reconocer que éste nos viene como anillo al dedo. Estación de Nieblas sugiere muchas cosas, incluso demasiadas, si se le da a la frase unos cuantos centrifugados en la cabeza. Es un nombre estupendo. Me alegro de que mi opción fuese derrotada. Creo recordar que inauguramos el día de San Valentín, cosa que a algún avalonio le pareció terriblemente significativa… aunque no en el sentido más positivo. Pero todo se debió a la casualidad. Supongo.
Me gustaría apuntar que, reconociendo que sin la existencia y desaparición de CDK puede que nunca hubiese existido una EDN, nuestras intenciones no son, ni mucho menos, emular al gigante naranja, ni ocupar su puesto, ni ninguna zarandaja de esas. Ni más ni menos – ni menos ni más – que hemos querido, como decía antes, metidos en harina y embarcados en un viaje común que nos está llenando de satisfacciones, abrir otro campo de acción, ser más incisivos en nuestros propósitos.
Y, por favor, es DE NIEBLAS, no DE TINIEBLAS… Sabemos que os gusta lo oscuro, pero no tengáis prisa. El camino hacia la Oscuridad pasa por las cerradas y envolventes nieblas de Aval… no, de Gij…, estooo, de Ast… Bueno, es igual, lo mejor es que lo descubráis vosotros mismos. Y no os quedéis ahí parados, no seáis un pobre borrosu. Entrad, entrad…
04.18.05
Esencia española
04.13.05
¿Por qué, Señor, por qué..?
04.12.05
Cuando las viñetas desaparecen ante nuestros ojos

Este pasado fin de semana he redescubierto a P. Craig Russell. Reorganizando mis estanterías en busca de cualquier hueco extra donde meter un par de cómics más (importante, muy importante, no sé qué podría hacer yo en uno de esos apartamentos de 30 metros cuadrados que nos quiere endosar el gobierno) me he encontrado olvidada bajo una pila la miniserie Elric: Stormbringer, obra del año 1995, escrita y dibujada por Russell. La tengo completita, y desde hace años. Y no me la había leído. Pasmoso. Ha sido abrir el primer número y quedarme enganchado a una aventura magníficamente narrada, en la que el príncipe melniboneo hace frente a las fuerzas del Caos, sembrando su camino de destrucción, amigos muertos y enemigos aplastados. Pero no quiero hablar del argumento, sino del excelente trabajo narrativo del autor. Russell, ilustrador sensacional, no cae en el defecto habitual de otros colegas de profesión que, por imposibilidad manifiesta la mayoría de las veces, fracasan en el intento de articular una narración en secuencias, de realizar una buena historieta. Russell sí sabe hacerlo, y es interesante comprobar además cómo es capaz de alejarse de los alardes innecesarios y dar en cada viñeta los elementos justos para que la acción transcurra fluida ante nuestros ojos. Lo mismo nos ofrece un cuadro descriptivo lleno de detalles que despacha la mirada de un personaje con dos puntitos o hace que unos triángulos carmesíes parezcan perfectos estandartes de guerra preparados para ondear en la batalla. Cierto es que el arte de Russell cae a veces en el efectismo, con composiciones preciosistas marca de la casa, pero es un efectismo tan bien llevado, tan depurado en su consciencia, que no sólo no molesta, sino que me parece imprescindible como parte de sus cualidades.
A pesar de que el escritor y dibujante usa una gran cantidad de tipos de viñetas en las páginas de Stormbringer (alargadas verticales, redondas, horizontales, abiertas, cerradas, viñetas dentro de viñetas…) el encadenamiento de éstas es tan fluido que parecen esfumarse ante nuestros ojos. La parcelación desaparece y las páginas, una tras otra, forman en conjunto lo que puede considerarse un buen cómic: bien contado y sin estiramientos gratuitos. Total, que me lo he comido en tres bocados. Ya digo, llevaba años escondido en el fondo de un estante.
Menos mal que era un tebeo, y no un trozo de pizza…

04.10.05
Yesterdays
Con el tiempo, yo también abandoné. Debo decir que jamás dejé una carta sin respuesta, pero si alguien dejaba de escribirme definitivamente, yo no insistía en el contacto. Suponía que tendrían sus razones de peso y además yo también estaba un poco hastiado de aquella rueda que, en la mayoría de los casos, no me llevaba a ninguna parte. Conservo desde entonces una caja de cartón repleta de fajos de cartas que hace mucho que no abro. Pero sé perfectamente dónde está y un día, con tiempo, desempolvaré los recuerdos.
Murieron los años 90 y me compré un ordenador. Pero esa es otra historia, la de ahora. Y no debería ser contada hasta dentro de mucho, mucho tiempo. Espero.
