09.29.07
Avilés in situ (3)
Como colofón al curso de este año en Avilés, Rodney Ramos, veterano entintador bregado en mil batallas viñeteras, nos dio unas nociones básicas acerca del difícil trabajo, y nos ofreció una muestra práctica del mismo, seguida muy muy de cerca por los allí presentes. La plumilla parece fácil de usar en manos de tan diestro artista, pero créaseme si digo que nada más lejos de la realidad. Aunque no lo parezca, el entintado es la bestia negra de una gran cantidad de dibujantes que se las ven y desean para darle a sus trabajos un acabado satisfactorio; un remate que haga justicia (si la merecen, evidentemente) a los lápices previos. Por lo tanto los asistentes, en su mayoría dibujantes, prestaron una intensa atención a las palabras y gestos del maestro. Al final todo se reduce al mismo concepto: practicar, practicar, practicar… Estoy seguro de que algunos seguirán el ejemplo.
09.28.07
Avilés in situ (2)
La maravillosa exposición dedicada al arte de Mike Ploog fue una de las grandes bazas de las jornadas de este año. Me da que Ploog nunca ha sido una de las estrellas más reconocidas del comic book, aunque algunos aficionados, marvelitas de pro y, además, consumidores de ficción terrorífica, recordamos con pasión lo poco que hayamos podido leer de aquellas historietas de los Monstruos Marvel, capitaneados por el excelso Drácula de Wolfman y Colan, y seguidos de muy cerca por el Hombre Lobo estupendamente dibujado por Ploog. Rumores hay de que podría aparecer una edición recopilatoria hispana de sus tebeos de Frankenstein, momento que espero con los dientes largos.
Dedicado desde hace tiempo a otros menesteres, Ploog triunfa actualmente (todo lo que puede triunfar un producto “minoritario”) con Abadazad. Mas lo que traigo aquí es ni más ni menos que una muestra de los story boards realizados para la obra maestra de John Carpenter, La Cosa. Unos story boards trabajadísimos que elevan a la categoría de arte mayúsculo lo que, en principio, debiera ser un mero trabajo preparatorio. No recuerdo a nadie que no haya alucinado literalmente ante la contemplación de estos originales. Bien lo merecen.
09.23.07
El Zocofán (22)
Septiembre ha llegado y con él la clásica vuelta al cole. Y el inquieto Zocofán está ahí para dar buena cuenta de ello, amigos. Sí, es época de sudores fríos y calentura de cuenta corriente; los papás y las mamás disfrutan como locos pateándose librerías y centros comerciales en busca de los correspondientes libros de texto y, mucho más apabullante si cabe, todo aquello que ha de complementarlos: bolis, pegamento, gomas de borrar (muchas), etc… Y libretas, libretas a todo pasto… Para alegrar un poco a los estudiantes y minimizar los efectos del terrible regreso, es costumbre y tradición ofertar cuadernos de bonitos diseños o, directamente y con más lógica, adornados con los fetiches del momento. Jugadores de baloncesto, ciclistas, futboleros, simpsons, bratzs, pokemons o piratas del caribe suelen ser los iconos más usados. Pero como los chavales/as son caprichosos, las hay para todo tipo de caprichos, o casi. Para mi asombro y alborozo, acabo de comprobar que el casi ya se ha quedado fuera de juego.
¡Qué piezas, señores, qué piezas! Boccato di cardinale; sin duda unos de los mejores objetos Zocofán que me he topado hasta el momento. Y por cuadriplicado, además. La libretita de Spiderman cabe dentro de lo ya visto con cierta asiduidad (arácnido hasta en la sopa, oigan); la de los 4F ya empieza a dar una nota de exotismo muy apreciable. Pero las otras dos ya son para regocijarse: ¡nada menos que sendas portadas de The incredible Hulk y The uncanny X-Men! En concreto la última, de Byrne y Austin, ya es para tirar cohetes.
Con semejantes materiales esta sección está alcanzando cotas insospechadas. Y que dure.
09.21.07
Entre caníbales y vikingos
Se me antoja tarea titánica escribir una crónica completa de lo que fueron las Jornadas de Cómic de Avilés este año, así que me rindo antes de empezar. De todas formas ya han aparecido multitud de ellas en los correspondientes blogs de colaboradores y aficionados, ya pasada la resaca y un tiempo prudencial. Por mi parte, tras tres o cuatro años seguidos acudiendo al evento, ya lo tomo como cita obligada, haciendo coincidir mis escasas vacaciones con el mismo, y sabiendo que muchas de las caras que voy a encontrarme por allí son de sobra conocidas. Esto no significa que a las jornadas acudan cuatro gatos – todo lo contrario – sino que existe un núcleo duro de asistentes con los que reencontrarse año tras año. Una sensación de familiaridad acusada que esta vez ha estado un poco eclipsada por la evidente afluencia masiva de gente que ha hecho las jornadas más multitudinarias que nunca. Esto se ha notado sobremanera en la sesión de clausura, quedándose el salón de actos pequeño, y quedándose unos cuantos aficionados sin alguna de las láminas firmadas que se regalaron al final. Láminas firmadas ni más ni menos que por George Pérez y Michael Golden, megaestrellas (con permiso de Gene Ha) de esta edición. Pero si hablamos de autores, me parece injusto elevar pedestales o formar podios en un acontecimiento que ha contado con la presencia de una cantidad de artistas apabullante. Algunos, ya habituales, como D´Israeli, Esad Ribic, Alex Maleev, o la troupe de Bull Damn City, casi parecieran unos visitantes más, aprovechando el buen tiempo y las terrazas de la ciudad, y pululando en general por la misma. Desde luego, hay algo diferente en estos encuentros.
La comidilla de este año – ya llegamos a ello – ha sido la abusiva actitud de un buen número de aficionados que parecían estar totalmente enloquecidos por conseguir dibujos a toda costa y muy poco interesados en las presentaciones, las charlas y, en general, los contenidos de más peso de las jornadas. Es ya bien conocido el hecho de que en Avilés la convivencia se hace casi casi con los autores, sin apenas barreras, restricciones o malos rollos. Mucho me temo que eso ha acabado por atraer a simples buitres que son capaces de dar empujones, pelearse, colarse, mentir o incordiar a un autor mientras está meando con tal de conseguir un garabato más. Como si los vendieran al peso, vaya; o hubiese una competición. Una cosa es ser friki y otra, paleto. Vistas las cosas que he visto durante el abundante tiempo que estuve en el meollo, este año hubo momentos en que me sentí realmente mal. Y querría dedicar esta entrada (¡qué demonios!) a todos aquellos seres de mirada pánfila y extraviada que, mientras los demás bebíamos, discutíamos o intercambiábamos direcciones, renqueaban por la carpa oliendo la sangre. Rastreando la presa. Qué vidas más tristes…
Por lo demás, acudí por las mañanas al curso de cómic que se dio en la escuela de arte. Durante cuatro días se complementaron Lorenzo Díaz, Sagar Fornies y Rodney Ramos para debatir sobre la relación entre guionista y dibujante, y rematar con una muestra del arte de entintar del neoyorquino. Un cursito corto pero, al menos por mi parte, muy aprovechado porque me ha hecho aprender algunas cosillas, establecer algún contacto nuevo y reflexionar sobre bastantes temas. Y también he conocido a Sagar, un dibujante magnífico – y mejor persona – cuyo blog acabo de añadir a mis enlaces. Merece la pena leerlo, y visitar su web.
Intensas y absorbentes jornadas las de este año, con más autores que nunca, más emoción que nunca, más tomate que nunca… y abundancia de pirañas. En breve sacaré a relucir alguna foto.
09.16.07
Avilés in situ
Apenas dispongo de tiempo para escribir una entrada en condiciones, así que me conformo con mostrar una foto más que expresiva de lo que han deparado las Jornadas de Cómic de Avilés de este año. Ahí están: George Pérez y Michael Golden. Exacto: Michael Golden y George Pérez, aprovechando las últimas luces del día para terminar algún dibujo más antes de irse a cenar. Impresionante.
Me temo que la semana próxima estaré totalmente desconectado por lo menos durante cinco días, pero seguramente volveré con una entrada más extensa de mis impresiones, más fotos y cosas así. Entonces hablaré sobre las pirañas. De momento, las que me esperan son las anchoas, again.
Nos leemos…
09.10.07
Stranger than fiction
Soy yo un tipo sencillo, de gustos simples y poco dado a exhuberancias. Quince días de vacaciones son un lujo para mí; tanto descanso me hace mella. Y eso que me emperro en seguir dando el callo todo lo que puedo. Por eso, no se me verá pasar mis vacaciones en lugares tan venerados con Copacabana, la Riviera Maya o Santo Domingo. No; soy bastante más sencillo que eso. Con desplazarme apenas cien kilómetros de nada, pongamos, a León, ya me conformo. Y un fin de semana, no sea que vayamos a abusar… Eso es lo que hemos hecho estos últimos tres días (cuéntese desde el viernes pasado); irnos de cortos por el Barrio Húmedo (y si no conoces la experiencia, oh, lector, no sabes lo que te pierdes); visitar el par de librerías especializadas que conviven en aquella ciudad (y encontrando alguna pieza de difícil acceso; para eso hay que moverse un poquitín) y viendo a algunos amigos, paseando y pasando calor, por supuesto. Sencillo, ya digo. Pero son los detalles, las pequeñas cosas de las que puedes sacar algún jugo, los que hacen que la sencillez sea engañosa y la exhuberancia vacacional del trópico no asome siquiera a nuestras mentes. Pongamos por ejemplo que el hostal donde nos alojamos está construido sobre los restos de un campamento romano, de la famosa Legio VII que dio nombre a la ciudad. Dichos restos pueden contemplarse en el sótano del hostal, convenientemente acristalados. Y da la casualidad que nuestra habitación se encontraba en la planta baja, justito sobre los aludidos restos. La imaginación ya me jugaba malas pasadas; una bonita e interesante historia sobre los fantasmas de antiguos legionarios romanos asomaba a mi cabeza. Como quiera que la zona fue en su momento típicamente utilizada como necrópolis medieval (está pegada, pegada a la catedral) mi pobre imaginación tropezó con las imágenes de sarnosos templarios que se alzaban de sus tumbas para masacrarnos fríamente, sin duda confundiéndonos con los descendientes de algún campesino de la zona que años ha los quemase por sus tratos con Satán. ¡Demasiado Amando de Osorio, me temo!
Como detalle digno de recordar está muy bien… eso sí, no nos hizo falta desplazarnos a Castilla para que los sucesos bizarrescos nos persiguieran. Y es que… a ver… poco antes de ese viajecito de Serie B, en el patio de nuestro edificio apareció sin comerlo ni beberlo un burro blanco. Sí, nuestro patio de luces está pegado a un cacho de monte (otro día igual comento algo acerca de las singulares características y las muchas posibilidades de nuestra nueva vivienda) y, aparte del ejército de gatos que medra y campa a sus anchas, de lo más alto del mismo monte llegan a nuestros oídos sonidos que por las noches escalofrían a cualquiera. Desde la atroz cacofonía canina que hay que oír para creer hasta un ulular misterioso que me recuerda al Hombre Polilla, aunque ignoro si éste ulula. Y, de golpe y porrazo, apareció Burricornio. Es blanco, claro, de haber sido un burro negro no hubiese tenido más remedio que bautizarlo como… ¡sí!, Batiburrillo. Lo sé, lo sé, chistes internos a todas horas… Burricornio de momento no se ha ido, y lo único que hace es comer y cagar. Además, si tiene pensado encontrar alguna virgen en este edificio, lo lleva claro… aunque puede encontrar otras cosas…
… y eso me lleva, amigos, al punto álgido de este Expediente X de andar por casa y en zapatillas. No hay nada en esta vida como estar en el lugar preciso en el momento oportuno. Que se lo digan a Letizia. El caso es que, por si todas estas emociones fueran pocas, hemos descubierto que uno de nuestros vecinos es nazi. Sí, nazi, como lo oyen. No simplemente uno de esos fachillas que tanto abundan en nuestra piel de toro, lo cual ni siquiera sería digno de mención. No. Nazi. Y a los panfletos y las cruces gamadas me remito… ¡huy, si me llega a pillar en la escalera! Ya me estaba imaginando a mí mismo en plan Woody Allen (modo paranoico on), tendiendo al muy pillín todo tipo de trampas verbales para que se delatase. De momento todavía estamos en fase de asimilación del hecho. A ver qué pasa…
Por ahora solo se me ha ocurrido que, ya que este simpático vecino vive en el piso de abajo, dormimos justo, justo sobre un señor nazi. O sea, que pasamos de dormir sobre los restos ( sean estos de la modalidad que sean ) de unos legionarios romanos, a dormir sobre el intranquilo sueño de ordenación racial de un señor nazi. No me cabe duda, cualquier día de estos el suelo se abrirá y brotarán del infierno aquellos destinados a llevársenos.
Y, no se crea, que será por la mudanza, por la anciana que habita sola en el primero, por lo antiguo del edificio o por cualquier otra cosa, pero mucho antes del burro, del nazi y de los templarios, ya tuve la sensación extraña de que me encontraba inmerso en algo que se parecía mucho, en decorado y protagonistas, a La Semilla del Diablo.
El siguiente paso, por tanto, imagínenselo ustedes… a mí me da mucho miedo.
El Zocofán (21)
¡Usted! Sí, usted… y usted. ¡Y también usted, el de atrás! Fíjense bien en la imagen que ilustra esta nueva entrega de su sección inútil favorita. ¿Notan algo extraño? ¿Algo… peculiar, quizás? Sí, efectivamente. Que sííí… se trata ni más ni menos que de un sobrecillo de cromos (¡perdón… trading cards!) de Batman Begins – surgido a la sombra del correspondiente estreno, está claro – pero con el careto de nuestro Michael Keaton de toda la vida impreso. Made in China, of course… Ya quedó claro que con tal de vender, a los mercaderes les importa bien poco la seriedad del producto, los cánones o la fidelidad. O el corazoncito del aficionado, ya puestos. Si lograron colarnos una Justice League con un Spiderman dentro (véase Zocofán 15), ¿qué no podría ser?
Las cartitas en cuestión – sencillotas y bastante limitadas – son clavadas a las de SpiderMan (Zocofán 19), o a las ya clásicas Fantrstic 4. Todo vale para rellenar: a Christian Bale le acompañan el citado Keaton, el Clooney, dibujitos de las series de animación e incluso… ¡la Catwoman Berry! Eso sí, hay alguna carta especial con fondo plateadillo fashion, por aquello de dar el pego y parecerse a las de verdad. El no va más…
Otra aberración de coleccionista servida con gusto por su seguro servidor…
Chao!
09.06.07
Un país en la mochila…
…o Caleyando per Asturies, versión regional del tema. La verdad, va uno por ahí, por esos pueblos de Dios – como suele decirse – disfrutando de bellos paisajes norteños y charlando con los amables (casi siempre) lugareños, y un poco a la que cae; que siempre se encuentra alguna curiosidad para la que la cámara digital se ha convertido en algo imprescindible. Cosas curiosas, sí, aunque uno esperaría que un pelín más autóctonas que la ilustrada aquí. ¿Han llegado los Ultimates a nuestras zonas más recónditas? Ay, Loki, Loki…
09.04.07
¿PEOR…? SÍ QUE ES POSIBLE
Me llamo Iván, nací en los años setenta y mi padre tenía un videoclub. Los dos últimos datos son esenciales para justificar mi querencia por el cine popular del que da buena muestra el ciclo Peor… ¡imposible! No pretendo, ni mucho menos, ser uno de esos devoradores de celuloide a quienes se les ha comido los ojos la pantalla grande, sumidos en la oscuridad onanista del cinéfilo. Pero, al menos, sí puedo decir que viví gran parte de la fiebre del cine en casa, ya que lo tenía muy cercano, y que mi infancia está plagada de recuerdos de películas baratas. Sí, exactamente como las que hemos podido volver a disfrutar, por suerte, durante la cita anual del ciclo gijonés que lleva de la mano Chus Parrado. Un puñado de cintas cutres, explotation, excusas para reciclar decorados y actores, intentos de exprimir hasta el fondo los éxitos de la temporada, ocasos de estrellas del cine de barrio, descaradas copias de superproducciones… un despliegue increíblemente rico y diverso de posibilidades para el verdadero amante del cine; no apto para pejigueras de última generación.
Decía yo… pasé gran parte de mi infancia tragándome toda clase (excepto la clase “S”) de películas gracias a la – temporal, me temo – profesión de mi progenitor. Los ochenta fueron la década del bombazo del vídeo, y la locura se adueñaba de las calles. O mejor, las calles se veían barridas por la locura que se manifestaba en las comunidades de vecinos, en las salitas de estar de toda familia de clase media. Recuérdese que no eran tiempos como éstos; por supuesto, cosas como el emule, el DVD o cualquier gadgetoavance que se les ocurra solo existían en la imaginación de algunos, quizás. El cine todavía era EL CINE, y para acudir al estreno de E.T. el extraterrestre había que tener poco menos que un pacto con el diablo, o muchas ganas de hacer cola para sacar las entradas. Pero, ¡qué emoción, amigos, cuando podíamos acceder por fin a la magia! Una magia que se reprodujo gracias a un aparato decididamente aparatoso, y caro, que llenó los hogares españoles de experiencias nuevas. El vídeo mató a la estrella de la radio (lo siento, tenía que decirlo) y ese fue el principio de todo.
No caerá de sorpresa que, como muchos otros que posteriormente se han dedicado a juntar letras, rodar en imágenes las historias que se les ocurrían de niños o manchar cuartillas con dibujitos, durante mi infancia prefería estarme en casita emborronando papeles, jugando con los clicks o, por supuesto, viendo la tele, antes que correteando con los gamberros del barrio. Que alguna escaramuza vecinal hubo, también, pero como en plan culpable y con la conciencia no muy tranquila. Sin embargo, la feliz casualidad que hizo que al alcance de mi mano se encontrara todo un catálogo de títulos entre los que podía escoger libremente, me permitió visionar cantidades inenarrables de aventuras de chinos voladores con espadas increíbles; cintas de griegos, o romanos, con fondos de cartón piedra; westerns hispano-ítalo-germanos de títulos imposibles; mamporradas de lagartos y polillas gigantes arrasando Tokio; italianadas absurdas; y ciencia ficción blanda con la que ni siquiera un infante tragaba. Aunque también hay que decir que los infantes de aquellas épocas poseíamos todavía una pequeña dosis de inocencia que hoy parece haberse perdido en nuestros recambios del siglo XXI. El terror y la fantasía más madura llegaron un poco después, tras el relajamiento del veto materno. Nada que ver con la relajación actual.
De esta manera se fue formando, supongo, la arquitectura de mis conocimientos culturales de baja ralea, condimentados además con los insustituibles tebeos, las series que triunfaban en la tele y, un paso después, el acceso a la cultura de la buena, con la irrupción de los libros, de la literatura de verdad. Siempre, claro, midiendo los pasos en función de lo aceptado socialmente. Las películas, mientras tanto, han seguido siendo el espejo de los sueños de toda una generación para la que el invento del vídeo supuso una revolución absoluta, dejando huella imborrable en nuestras vidas. El ciclo Peor… ¡imposible! recupera en estos tiempos de locura colectiva, de deshumanización y de consumismo absurdo aquellas obras que marcaron unas épocas que se nos antojan mucho más inocentes (aunque me resisto a creerlo).
Desde el enfoque de lo cutre, lo casposo y lo desvergonzado se mira hoy a estos títulos, pasándoles el rodillo del análisis sin piedad; desmenuzando sus carencias y riéndose de sus diálogos poco menos que infantiles. Quizás demasiado gratuitamente, sin pararnos a echar un vistazo al cine que se hace hoy día, a la vertiente más comercial, equiparable a aquella de las décadas pasadas de las que hablamos. Salvando las honrosas excepciones que se pueden encontrar en cualquier época, el cine popular del siglo XXI ha optado por el camino rápido y fácil de la endogamia más absoluta. Frente a los cócteles de monstruos de los 50, pergeñados, al menos, basándose en guiones originales; o las series de exploitation continua de los 70, lo que manda hoy es el remake directo y la secuela. Y el remake del remake. Y la secuela de la secuela. Y la secuela del remake. Y el remake de la… ya se me entiende. A la tortilla le han dado la vuelta. La habitual escasez de dinero en épocas pretéritas, paliada en parte por la buena voluntad y las ideas, ha dejado paso al flujo continuo de dólares que son incapaces de enmascarar convincentemente los signos de la más grave enfermedad que puede afectar a todo arte: la parálisis creativa. Véase si no ese Piratas del Caribe III, hinchado de dólares y aderezado de estrellas, que no es sino un descendiente directo de la Serie B más desvergonzada donde todo vale para continuar explotando el escenario. Si no fuera por los medios técnicos de que se dispone hoy día, poca diferencia encontraríamos. Un Kraken en stop-motion; un Davy Jones con máscara de cartón piedra… o unos trucos dignos de Bert I. Gordon.
Si el espectador es capaz, hoy día, de contemplar con una mueca sardónica en el rostro las escasas virtudes cualitativas del cine proyectado en Peor…¡ imposible! pero es incapaz, por el contrario, de ver los mismos defectos aumentados en el cristal del cine de hoy, es que vive engañado. Sueña engañado. Basta fijarse un poco y opinar con justicia. El Séptimo Arte atraviesa una mala racha, que intentan maquillar expertamente desde Hollywood a toda costa. Pero cada vez nos engañan menos y nos cansan más. Acercarse al ciclo aquí tratado y rememorar las películas que marcaron nuestra infancia, llenándola de fantasía, puede ser una dura prueba a la que enfrentarnos. Pero nos puede, además, conducir a jugosas conclusiones acerca de los tiempos que vivimos. Y es que, si ningún tiempo pasado fue mejor, éste tampoco va camino de serlo.




