06.26.08
Una de mieda
- ¡Un arma secreta..! ¡Un arma secreta..! – Tomás golpeó, indignado, el salpicadero del coche. – ¡Siempre con la misma historia!
- Pero, tío… – replicó Roberto, contrariado, al volante del 305 parado en el arcén.
- ¡Ni pero, ni pera! ¡Ya estoy hasta los huevos de tus brillantes ideas!
- Esta vez…
- ¿Esta vez? ¿Como la vez del mono? – Tomás adoptó un tono sarcástico – “Para el torneo de escupir huesos de aceituna lo mejor es un mono amaestrado del Senegal”, dijiste… y ya ves lo que pasó: el mono asfixiado, los periodistas haciendo fotos… ¡todo a la mierda!
- Tranquilo, tío, me asesoraron mal; pero esta vez tengo un as en la manga.
- ¡Como si tienes un repóker! ¿Y el desafío de levantar ruedas de molino? Trajiste a tu primo de Barakaldo, y esa vez te creí, colega. Pero ya no, ya no…
Roberto bajó la mirada, avergonzado:
- Es que… ya te lo expliqué… no era del mismo Barakaldo, era del polígono…
- ¡Venga, vale ya! ¡No me hagas recordarte lo de la familia gitana y el carro de la compra; ni lo del concurso de muecas y tu otra prima, la friki de las cosas japonesas esas..!
- Tomás…
- ¡Ni lo de intentar tú mismo..!
- ¡Tomás, cojones! ¿Quieres escucharme?
El grito dejó a Tomás clavado en el asiento. De repente sintió el calor que hacía dentro del coche, aun con las ventanillas bajadas.
- Mira, tío… esta vez vamos sobre seguro, pero para que estés más tranquilo empezaremos por un torneo de barrio, solo por asegurar – le pasó una cuartilla con un programa para el fin de semana – ¿ves?, aquí: es un reto para ver quién dice más gilipolleces en tres minutos. No es mucha pasta, pero esta vez ganamos fijo. Ahora escucha: ¿quieres verla?
- ¿Verla?
- El arma secreta, hombre…
- ¿Qué pasa, la tienes aquí?
- Está en el maletero, vamos.
Bajaron del coche, a la brisa más fresca de fuera, Tomás con cara de pocos amigos; Roberto con un recuperado semblante de confianza. Respiró hondo, dio una palmadita en el hombro de su compinche y amigo, y abrió la puerta del maletero. Allí estaba, acurrucada, con los ojos brillantes, maniatada, amordazada: una ministra de Igualdad. A punto estuvo Tomás de soltar un grito de alegría. Miró al otro con una repentina expresión de admiración:
- ¡Hostias, cabrón! ¿Un torneo de barrio? ¡Busca uno nacional, tío! Con ésta no fallamos, seguro.
Volvieron a sus asientos, excitados.
- Y no se te ocurra quitarle la mordaza hasta que estemos allí. Por si acaso… ¡Venga, arranca..!