enero 3, 2012

COARTADA EN DISCO ROJO

Publicado en Impresiones cinéfilas a 10:00 am por ivanolmedo

 

Se agradece tirar de vez en cuando por el cine viejuno ( bueno, aquí hablamos del año 72 del pasado siglo, así que tan viejuno como el menda ) y olvidarse por un momento de novedades videocliperas, remakes mil y demás hostias para degustar una película “de las de antes” y comprobar de primera mano hasta qué punto ha evolucionado el medio, o no.
Coartada en disco rojo es una producción europea discretita pero de agradable visionado, que ni mata ni engorda, pero te entretiene durante 80 minutos; y a mí ( tras tomaduras de pelo como Super 8, Avatar y similares, por no hablar del enésimo slasher fotocopia que nos quieran colar ) me vale. El reparto ítalo – hispano es de lo más corriente que se podía encontrar en aquellas épocas, sobre todo por parte transalpina. De la parte española notamos sensible mejoría, con el gran Fernando Rey a la cabeza, haciendo de inspector de policía socarroncete; Manolo Zarzo como contrapunto y alivio cómico – que se dice – o Eduardo Fajardo, en su línea habitual. Sinceramente, al acercarme a este Due volti della paura esperaba encontrar un giallo ( o sucedáneo, en todo caso ) y lo que topamos es una historieta de celos, envidias e intrigas entre médicos, con asesinato de por medio y – ¡atención! – un punto álgido con la muestra de una auténtica operación a corazón abierto, realizada por el inefable Dr. Martínez Bordiu, y que imagino destinada a causar angustia y asquito a los espectadores de la época.
Coartada en disco rojo ( atención al título y la frase promocional, porque son prácticamente spoilers, cagunmimanto ) no es, decimos, un filme excepcional pero sí bastante potable, al que le falta algo de sangre e impacto pero que – fíjense lo que les digo – quizás hoy recortarían con alegría censora. No por el espeluzno del abierto pecho latiente; ni por el no menos latiente cuadrilátero amoroso. Es que nunca he visto una película donde se fumase tanto. Los propios doctores los primeros, que a la puerta del quirófano aplastan sus colillas justo antes de enfundarse los guantes de látex. ¡Qué mal ejemplo, señores! ¡Qué mal ejemplo!

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