septiembre 4, 2007

¿PEOR…? SÍ QUE ES POSIBLE

Posted in Impresiones cinéfilas a 11:32 am por ivanolmedo

Me llamo Iván, nací en los años setenta y mi padre tenía un videoclub. Los dos últimos datos son esenciales para justificar mi querencia por el cine popular del que da buena muestra el ciclo Peor… ¡imposible! No pretendo, ni mucho menos, ser uno de esos devoradores de celuloide a quienes se les ha comido los ojos la pantalla grande, sumidos en la oscuridad onanista del cinéfilo. Pero, al menos, sí puedo decir que viví gran parte de la fiebre del cine en casa, ya que lo tenía muy cercano, y que mi infancia está plagada de recuerdos de películas baratas. Sí, exactamente como las que hemos podido volver a disfrutar, por suerte, durante la cita anual del ciclo gijonés que lleva de la mano Chus Parrado. Un puñado de cintas cutres, explotation, excusas para reciclar decorados y actores, intentos de exprimir hasta el fondo los éxitos de la temporada, ocasos de estrellas del cine de barrio, descaradas copias de superproducciones… un despliegue increíblemente rico y diverso de posibilidades para el verdadero amante del cine; no apto para pejigueras de última generación.

 

Decía yo… pasé gran parte de mi infancia tragándome toda clase (excepto la clase “S”) de películas gracias a la – temporal, me temo – profesión de mi progenitor. Los ochenta fueron la década del bombazo del vídeo, y la locura se adueñaba de las calles. O mejor, las calles se veían barridas por la locura que se manifestaba en las comunidades de vecinos, en las salitas de estar de toda familia de clase media. Recuérdese que no eran tiempos como éstos; por supuesto, cosas como el emule, el DVD o cualquier gadgetoavance que se les ocurra solo existían en la imaginación de algunos, quizás. El cine todavía era EL CINE, y para acudir al estreno de E.T. el extraterrestre había que tener poco menos que un pacto con el diablo, o muchas ganas de hacer cola para sacar las entradas. Pero, ¡qué emoción, amigos, cuando podíamos acceder por fin a la magia! Una magia que se reprodujo gracias a un aparato decididamente aparatoso, y caro, que llenó los hogares españoles de experiencias nuevas. El vídeo mató a la estrella de la radio (lo siento, tenía que decirlo) y ese fue el principio de todo.

 

No caerá de sorpresa que, como muchos otros que posteriormente se han dedicado a juntar letras, rodar en imágenes las historias que se les ocurrían de niños o manchar cuartillas con dibujitos, durante mi infancia prefería estarme en casita emborronando papeles, jugando con los clicks o, por supuesto, viendo la tele, antes que correteando con los gamberros del barrio. Que alguna escaramuza vecinal hubo, también, pero como en plan culpable y con la conciencia no muy tranquila. Sin embargo, la feliz casualidad que hizo que al alcance de mi mano se encontrara todo un catálogo de títulos entre los que podía escoger libremente, me permitió visionar cantidades inenarrables de aventuras de chinos voladores con espadas increíbles; cintas de griegos, o romanos, con fondos de cartón piedra; westerns hispano-ítalo-germanos de títulos imposibles; mamporradas de lagartos y polillas gigantes arrasando Tokio;  italianadas absurdas; y ciencia ficción blanda con la que ni siquiera un infante tragaba. Aunque también hay que decir que los infantes de aquellas épocas poseíamos todavía una pequeña dosis de inocencia que hoy parece haberse perdido en nuestros recambios del siglo XXI. El terror y la fantasía más madura llegaron un poco después, tras el relajamiento del veto materno. Nada que ver con la relajación actual.

De esta manera se fue formando, supongo, la arquitectura de mis conocimientos culturales de baja ralea, condimentados además con los insustituibles tebeos, las series que triunfaban en la tele y, un paso después, el acceso a la cultura de la buena, con la irrupción de los libros, de la literatura de verdad. Siempre, claro, midiendo los pasos en función de lo aceptado socialmente. Las películas, mientras tanto, han seguido siendo el espejo de los sueños de toda una generación para la que el invento del vídeo supuso una revolución absoluta, dejando huella imborrable en nuestras vidas. El ciclo Peor… ¡imposible! recupera en estos tiempos de locura colectiva, de deshumanización y de consumismo absurdo aquellas obras que marcaron unas épocas que se nos antojan mucho más inocentes (aunque me resisto a creerlo).

 

Desde el enfoque de lo cutre, lo casposo y lo desvergonzado se mira hoy a estos títulos, pasándoles el rodillo del análisis sin piedad; desmenuzando sus carencias y riéndose de sus diálogos poco menos que infantiles. Quizás demasiado gratuitamente, sin pararnos a echar un vistazo al cine que se hace hoy día, a la vertiente más comercial, equiparable a aquella de las décadas pasadas de las que hablamos. Salvando las honrosas excepciones que se pueden encontrar en cualquier época, el cine popular del siglo XXI ha optado por el camino rápido y fácil de la endogamia más absoluta. Frente a los cócteles de monstruos de los 50, pergeñados, al menos, basándose en guiones originales; o las series de exploitation continua de los 70, lo que manda hoy es el remake directo y la secuela. Y el remake del remake. Y la secuela de la secuela. Y la secuela del remake. Y el remake de la… ya se me entiende. A la tortilla le han dado la vuelta. La habitual escasez de dinero en épocas pretéritas, paliada en parte por la buena voluntad y las ideas, ha dejado paso al flujo continuo de dólares que son incapaces de enmascarar convincentemente los signos de la más grave enfermedad que puede afectar a todo arte: la parálisis creativa. Véase si no ese Piratas del Caribe III, hinchado de dólares y aderezado de estrellas, que no es sino un descendiente directo de la Serie B más desvergonzada donde todo vale para continuar explotando el escenario. Si no fuera por los medios técnicos de que se dispone hoy día, poca diferencia encontraríamos. Un Kraken en stop-motion; un Davy Jones con máscara de cartón piedra… o unos trucos dignos de Bert I. Gordon.

 

Si el espectador es capaz, hoy día, de contemplar con una mueca sardónica en el rostro las escasas virtudes cualitativas del cine proyectado en Peor…¡ imposible! pero es incapaz, por el contrario, de ver los mismos defectos aumentados en el cristal del cine de hoy, es que vive engañado. Sueña engañado. Basta fijarse un poco y opinar con justicia. El Séptimo Arte atraviesa una mala racha, que intentan maquillar expertamente desde Hollywood a toda costa. Pero cada vez nos engañan menos y nos cansan más. Acercarse al ciclo aquí tratado y rememorar las películas que marcaron nuestra infancia, llenándola de fantasía, puede ser una dura prueba a la que enfrentarnos. Pero nos puede, además, conducir a jugosas conclusiones acerca de los tiempos que vivimos. Y es que, si ningún tiempo pasado fue mejor, éste tampoco va camino de serlo.

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2 comentarios »

  1. instanton said,

    Estoy bastante de acuerdo con lo que comentas. De todos modos creo que hablamos ante la nada y no merece la pena hablar sobre que el ciclo tiene más entidad de lo que parece. Por lo que dices, y por algunas cosas que comentaba yo en mi blog.

    Como digo muchas veces, ya vivimos en la distopía, en un mundo dickiano. Mucha risa ante el Santo, pero los gritos de furia al salir de ver ciertas cosas por las que uno tuvo que pagar seis euros no se producen. Como dices el siglo XXI este no será mejor.

    Y coño, es verdad. Hay algo diferente en esas generaciones que han nacido en los ochenta bien entrados o en los noventa. Y no hay tanta diferencia generacional en años.

  2. Alejandro Caveda said,

    Como dice el anuncio de Coca Cola, somos una generación de fuertes porque hemos sobrevivido a muchas cosas, incluido el video VHS y la TV pública. Lamento no haber podido pasarme x la edición de este año de PI, pero problemas ajenos a mi voluntad me lo impidieron, aunque ya me comentó Juanjo que estuvo muy bien… que sepas que sigo teniendo aparcado tu ejemplar de “Los Otros”, a ver cuando te lo paso. Un abrazo.


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