octubre 7, 2007

BUENO

Posted in Efímeros con permiso a 7:55 pm por ivanolmedo

     Agencias.- Un mendigo mata a otro para robarle y le corta las manos en la calle Verdel, a cien metros del cuartel de la Guardia Civil.
Ag. Effeh.- Muere un sargento del Ejército de Tierra por disparos de su compañera sentimental. La presunta homicida se encuentra en paradero desconocido.
Austin (Texas).- El cineasta Charlton Miller atropella a su ex mujer con un todo terreno e intenta suicidarse con un cuchillo de cocina. Ambos se encuentran ingresados con pronóstico de extrema gravedad.


Me pasó cuando no habíamos hecho más que entrar en el mes de octubre. Aquel día fue el primero frío de verdad, y parecía que el invierno había llegado de repente, sin avisarnos. A las doce y pico de la noche ya había dejado a mi Berta en casa de sus padres, sana y salva, y me dirigía en coche a la mía propia, después de un placentero y tranquilo día de cine, besos y cafés. Hacía semanas que nos era imposible ir a ver alguna película; todas eran comedias zafias y repetitivas hasta la saciedad o espectáculos absurdos de sangre y cabezas cortadas. Por fin, aquel sábado, estrenaron un remake de un drama clásico que hacía treinta años había inmortalizado la imagen de una joven actriz surgida de la nada. Una actualización algo floja, pero preferible al resto de la cartelera. El bienestar de una jornada tan satisfactoria se había aposentado en mi cuerpo; conducía tranquilo y feliz.

Al llegar a la rotonda del polígono industrial que debía atravesar para llegar a mi casa y frenar un poco en el ceda el paso, vi parada a la derecha de la carretera una furgoneta pequeña, que parecía averiada, con el capó levantado y las luces de emergencia parpadeando. Un par de tipos estaban a su lado en actitud, claramente, de espera. Como tengo – eso dicen, y creo – buen corazón (algo que mi Berta, a veces, confunde con ser tonto) no dudé en detenerme para ver si podía ayudarles. Nada más bajar de mi coche me percaté de que los dos tipos llevaban idénticas fundas de trabajo de color marrón. Como mucho, me pareció peculiar, aunque tampoco era una cosa tan rara. Unos operarios que regresaban a casa tras su tardío turno y se habían visto obligados a detenerse debido a una avería, nada más. Pero mientras me acercaba comencé a preguntarme por qué la cara de aquellos dos parecía tan sonriente y por qué parecían tan contentos de verme. No era, sin duda, una situación desesperada la suya. Con gesto también de buen ánimo les sonreí al acercarme, mientras les preguntaba por la avería, y si podía echarles una mano. En un ademán de exagerada alegría, fue el que tenía más cerca el que me echó una mano al hombro, conduciéndome hacia donde su compañero, tan sonriente, se agachaba para quitar una de las ruedas delanteras de la furgoneta, que ya estaba aflojada, a la vez que con la otra mano sujetaba un extraño cilindro que parecía hecho de goma negra y maciza.

“Cuánto nos alegramos de que se haya detenido”- me dijo – “Gente como usted es la que hace falta en nuestras carreteras. Pero sabemos que, por desgracia – prosiguió – no todos los conductores son como usted, ni mucho menos.”

Me pareció entonces empezar a sospechar por dónde me iban a salir aquellos dos… “Como no siempre – prosiguió -, en desgraciados casos de avería mecánica, encontraremos tan buenos ciudadanos en el camino, nuestra empresa ha desarrollado este revolucionario producto, una maravilla de la que, si no le importa, procederemos a hacerle una demostración”. Ya el otro mangante sonriente estaba introduciendo el cilindro raro en el disco de la rueda cuando, con expresión amable, me disculpé diciendo que era muy tarde, tenía ganas de llegar a mi casa y, sintiéndolo mucho, no creía que aquel producto suyo fuera a interesarme. El más fornido de ambos que, casualmente, era el que me retenía con su brazo cruzándome la espalda, dejó escapar una risita falsa, como para dar confianza, mientras el menos fuerte, sujetando el cilindro negro, lo acompañaba y daba un paso adelante, guiñándome un ojo en alarde de camaradería. Carraspeé…

Creo que fue entonces cuando empecé a ponerme un poquito rojo, porque noté un repentino calor que me subía a la cara. Me acordé de mi Berta y, como un niño, me repetí mentalmente varias veces: “no soy tonto”, “no soy tonto”… “no soy un imbécil”. Carraspeé un poco más, para aclararme del todo la garganta y romper el incómodo silencio y, cogiendo el brazo del mangante para quitármelo de encima, defendí mi postura de nuevo con toda clase de explicaciones acerca de lo tardío de la hora, las prisas, etc… Entonces intenté, con toda corrección, despedirme definitivamente de ambos tipos y, entre buenas palabras y gestos de apuro, con las mejillas – estaba más que seguro – totalmente encendidas, dirigirme por fin hacia mi coche y completar mi viaje de regreso a casa. Me excusé, como digo, y pude ver perfectamente cómo el semblante de los dos vendedores a pie de carretera cambiaba en un instante de la falsa expresión amigable a un gesto de absoluta sorpresa. Durante unos segundos se quedaron mortalmente serios, mirándome fijamente (y poniéndome en situación un poco tensa, todo hay que decirlo) mientras yo reculaba unos pasos y finalmente me volvía, no sin cierta aprensión.

Cuando estaba a punto de dejar salir un disimulado suspiro de alivio al verme libre de ellos, sonó una carcajada a mis espaldas y la manaza de antes volvió a caer sobre mi hombro, deteniendo mis movimientos. “¡Ah! Ja, ja… amigo, perdone nuestra brusquedad, sabemos que es un poco tarde, y no querríamos retenerle mucho tiempo. Pero creemos sinceramente que lo que vamos a mostrarle merece la pena, sí señor, usted me agradecerá mañana que le haya hecho perder unos pocos…” Interrumpí con un carraspeo mucho más pronunciado que los anteriores su discurso y lancé al aire una risita nerviosa que dio paso a más explicaciones. “No, no, no – les aseguré – no lo comprenden, es que no me interesa este producto suyo y querría irme a casa, porque mañana he de levantarme temprano y…” Una interrupción más brusca ahora… “¡Oiga, jefe..! creo que debería dejar que le hagamos esa demostración, ¿okey?. Después podrá seguir su camino sin problemas. Verá, llevamos aquí parados un buen rato y…” “¿Problemas” – repliqué – no, no, es que no quiero problemas, ni tampoco quiero ver su demostración, lo que quiero es irme y espero que…” “¡Oiga… esto… mire, nos concede cinco minutos y…” La voz del tipo fuerte, que aún me mantenía sujeto con su brazo, había subido varios tonos, pero de repente dejé de oírla por completo y en mi cabeza se formaron unos sonidos que me traían otra vez las palabras de mi Berta, acusándome de haberme comportado como un tonto en aquella ocasión u otra cualquiera. Contesté allí, dentro de mi cabeza, con palabras que negaban todo aquello de lo que Berta me acusaba. Lo más gracioso es que oía sus palabras mientras, frente a mí, veía los labios del vendedor moverse al ritmo de éstas, aunque eso era poco menos que imposible.

Creo que pasaron unos minutos, quizás, en que me quedé sumido en aquella especie de hipnosis, hasta que acusé los zarandeos a los que me sometía el individuo y volví a la realidad. En mal momento, por cierto. “… y es que no lo entiendo, oiga, ¿me oye?. – seguía diciendo – ¿Cómo puede dejar escapar esta ocasión? ¿ES QUE ES USTED TONTO?” Realmente creo que fue en ese momento cuando todo empezó a ir mal. Desperté o me despejé, por completo y me quedé helado, contemplando el rostro de aquel individuo que acababa de gritarme. También él se quedó parado y la extraña mezcla de una sonrisa mal compuesta con un rictus de expectación marcó en su cara un gesto indescriptible. Mi cuerpo se quedó momentáneamente paralizado, mientras dentro de mi mente las imágenes más estúpidas se mezclaban con las ideas más grotescas. Sé que el tipo fornido había vuelto la cabeza hacia su compañero, murmurando alguna palabra que no oí, porque cuando me revolví de un golpe, como electrizado, lo cogí por sorpresa y además de conseguir zafarme de su abrazo a punto estuve de hacerlo caer al suelo. Notaba cómo un golpeteo rítmico en mi interior intentaba abrirse paso por mi garganta. Estaba muy, muy nervioso. Así que huí, literalmente.

En verdad lo que hice fue darme la vuelta y, sin mirar atrás, caminar otra vez hacia mi coche, conteniendo los embates del corazón contra el pecho tanto como podía. Esta vez puede abrir sin interrupciones la puerta y sentarme (dejarme caer, más bien) frente al volante. Debieron de pasar al menos dos o tres minutos antes de que decidiera girar la llave en el contacto. No miré ni una sola vez hacia aquellos dos mangantes del tres al cuarto, ni falta que hacía. Ya lo único que deseaba era poder llegar por fin a casa y dormir, olvidarme de aquel mal trago. Pero si el día había ido bien; en aquel momento, y en aquella nefasta rotonda – como se demostró – las cosas dieron un giro radical; acabó por ser un día fatal, la verdad. Arranqué el motor, por tanto, y salí muy despacio para incorporarme de nuevo a la vía. Tenía que hacer un giro completo para tomar la dirección correcta, así que aún no había salido del enorme círculo (y esto fue mi desgracia) cuando empecé a notar algo raro. El coche no iba como debía; sentí un ruidito muy extraño, aunque casi imperceptible y, además, notaba cómo se desplazaba de forma inhabitual. Antes de acceder al tramo de carretera más rápido me detuve en el arcén, por si acaso. Y cual no sería mi sorpresa al echar un fugaz vistazo al exterior del vehículo y ver, bajo los potentes focos que iluminaban la fría noche, que mis dos ruedas delanteras estaban pinchadas. No recuerdo lo que pasó por mi mente en aquel primer instante, ni la expresión que podría tener mi cara. Sé que reaccioné pensando: “Dos neumáticos… se me han pinchado DOS neumáticos a la vez… ¿y ahora..?” Entonces escuché un silbido; esto sí lo recuerdo muy claramente, porque me trajo de vuelta de mis pensamientos. Miré en su dirección y pude comprobar que me había detenido justamente enfrente de la furgoneta de aquellos dos, al otro lado de la rotonda. El gordo era el que había silbado, y los dos me hacían gestos con los brazos, para llamar mi atención. Entonces él, el único que había hablado hasta el momento, gritó, exactamente: “¡Hey, amigo!, ¿lo ve? Nunca se está seguro. ¿VE LO QUE LE PASA POR TONTO?”

En ese momento ya perdí los papeles, como suele decirse. Fue entonces cuando me acerqué al maletero, como un autómata, lo abrí, y allí estaba Tony… A partir de aquí, más o menos, ya es sabido el resto de la historia. Creo que lo más lógico en esa circunstancia fue pensar que ellos me habían pinchado las ruedas, para obligarme a detenerme. Pero a veces, después de todo lo ocurrido, dudo intensamente y me da por imaginar que en realidad sólo fue una casualidad desastrosa; una broma negra del destino. La verdad es que les hice a aquellos dos una avería que ningún invento prodigioso podría arreglarles nunca. ¡Ah!, sí, se me olvidaba explicar lo de Tony. Tony es un precioso rifle Latua Mágnum del calibre .375 H&H que ya fue propiedad de mi padre (él mismo lo bautizó), y que acabó por convencer al padre de mi Berta de que yo era un tipo de carácter y digno de ingresar en la familia. El año que viene, si todo hubiera ido bien, y después de la boda, nos esperaba un estupendo viaje a Zimbabwe, con safari incluido. Todo pagado por mi suegro. Ahora no lo creo posible. Me lo han quitado, claro está. Tony… ese sí que es un nombre bonito.

Mi Berta viene a verme tan a menudo como el reglamento de la cárcel se lo permite; en el fondo pienso que todavía no es capaz de creerse lo que ha pasado. Bien, lo que ha pasado, quizás; pero no que haya sido yo el responsable. Yo, tan tranquilo siempre, tan buena persona… No ha vuelto a llamarme tonto desde aquel día, por cierto. Mis compañeros del módulo me llaman “El buenazo”. Me consideran un bicho raro que no casa demasiado con ellos mismos. Pero es que aquí me porto bien con todos, me porto muy bien. Bueno, como siempre, como antes, como fuera… Mi condena es larga pero, con el ajetreo que se traen los jueces con reformas de leyes para aquí y para allá, tengo esperanzas de poder salir antes de lo previsto. Por buena conducta, evidentemente.

Siempre que alguno de éstos no intente tomarme por tonto… claro…


Agencia Mas.- Un hombre de 43 años atropella mortalmente a dos empleados municipales en el término de Camillas. Según las primeras informaciones, se encontraba bajo tratamiento psiquiátrico.

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1 comentario »

  1. guillermo said,

    Es un relato muy bueno, como todo lo que escribes.


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