abril 29, 2008

Camelot 3000, el Ulises 31 en cuatricromía

Posted in Impresiones tebeeras a 5:20 pm por ivanolmedo

Camelot 3000 por fin tiene su propio tocho. Todavía vigente (más activa que nunca, diríase) la práctica de traer de vuelta series puntuales de los 80 empaquetadas en formato pesado y lujoso, para poder denominarlas estúpidamente novelas gráficas, y cuando ya los batmanes, watchmenes y conanes están a un paso de la sobreexplotación, le ha tocado el turno a una de las series míticas del comic book, que conocimos por aquí en primigenia edición de la estupenda Zinco, parece que hace ya una eternidad. Serie mítica, sí, pese a sus resultados o a los razonamientos fríos del analista de turno, ese que cada cierto tiempo intenta “poner las cosas en su sitio”. Desde luego, Mike W. Barr, el guionista de esta aventura, no es Frank Miller, ni mucho menos Alan Moore. La influencia de Camelot 3000 está unos cuantos peldaños por debajo de las obras que encumbraron a los dos genios antes citados, no así su aparatosidad. Si, por cierto, es evidente que cualquier obra con la palabra Camelot en su título no hace más que intentar agarrar del cuello al aficionado a la fantasía más tradicional y metérselo en el bolsillo, otras son las bondades inmediatas de esta obra. Empezando por un nombre propio: Brian Bolland, convertido en auténtico abanderado de los gustos del aficionado en aquella Década Prodigiosa ( Bolland recibió dos premios Haxtur, uno por Camelot 3000 y otro por La Broma Asesina, en una época en que otros dibujantes premiados fueron Mazzuchelli por Año Uno; Gibbons por Watchmen o Simonson por Thor, para que nos hagamos una idea de lo que se cocía por aquel tiempo ) y referencia indiscutible cuando se habla de este tebeo de ciencia ficción con sentido de la maravilla. Merece la pena detenerse en el detalle de que media serie fue entintada por Bruce Patterson, para ser sustituido a partir del séptimo número por Terry Austin, entintador de sobrada experiencia y prestigio que cambia un tanto los lápices de Bolland y los lleva a su terreno, no mejorando, desde mi particular punto de vista, el entintado más limpio y menos intrusivo de Patterson, que logra viñetas de gran belleza. En sí, es un detalle que no malogra el sentimiento que la historia quiere transmitir.

Porque, atención, ¿quién puede resistirse a este argumento? En el año 3000 – qué bonito y redondo, y no me refiero al culo de Ginebra, que también… podemos ver – una invasión alienígena está destruyendo la Tierra cuando el mítico Rey Arturo es despertado “casualmente” por un fugitivo. A partir de esta excitante premisa, el guión de Barr transita elocuentemente por terreno previsible: Arturo y el muchacho corren a buscar a Merlín, después a Ginebra, después al resto de caballeros y poco más tarde hacen acto de presencia los auténticos villanos del cuento. Y todo el despliegue de actos que hacen una obra clásica aparece ante nuestros ojos: los líos amorosos, los juegos a doble banda, la búsqueda del objeto divino, el traidor que se redime con un acto de valentía final, etc… La invasión alienígena no es más que una excusa para poner las piezas en su sitio, en realidad, y dar comienzo a la partida. Mención aparte merece la situación del caballero Tristán, sorprendente y compleja, y una de las tramas que más exhaustivamente se explota a lo largo de la serie, en detrimento del protagonismo que pudiera corresponderles a otros caballeros como Gawain o Galahad, que quedan reducidos a meros comparsas.

Puede que Camelot 3000 trate en sus páginas algunos temas adultos: el sexo en diversas vertientes, la política internacional ( recuérdese que estamos en la década de los ochenta…) pero su desarrollo es mucho menos adulto, para entendernos, que el de un Dark Knight o un Watchmen. Barr es un guionista mucho más torpe, y su torpeza se revela en algunas escenas puntuales que provocan sonrojo: aquella en la que Tom, enamorado de Tristán, esconde rápidamente una foto de ésta en el bolsillo de sus pantalones, al preguntarle Lancelot si ha estado enamorado alguna vez; aquella otra en la que vemos cómo el dictadorzuelo negro de turno aporrea con un martillo su ordenador, nublado por la ira que le produce su impotencia mental… es que hay que ver esas viñetas para creerlas.

Con todo, a pesar de las meteduras de pata y de lo desfasado e inocuo que se ha quedado el guión con el paso del tiempo, Camelot 3000 sigue conservando su toque. Y es que tiene todos los ases en la manga para gustar: nada menos que la leyenda artúrica traspasada a un universo futurista y el arte a marchas forzadas de un Bolland que abandonaría más tarde casi por completo la realización de páginas de historieta para dedicarse a ilustrar puntillosamente montones de portadas. Genialidad que, he de decirlo, se nos escatima miserablemente en esta edición ( fallo imperdonable, desde mi punto de vista ) donde no se reproducen las portadas originales del inglés para la serie, verdaderas maravillas para los ojos, que en aquellos años de deslumbramiento adolescente supusieron ( antes de la lectura del tebeo ) un estallido de magia comiquera como pocas veces se había experimentado. Y de paso decir a los amantes de los extras, que esta edición “absolute” de Camelot 3000 carece de cualquier tipo de boceto, entrevista o conmemoración que echarse a la boca, lo que la deja un tanto coja.

Ahora solo queda por llegar- ¿será, a estas alturas, posible? – la reedición de lujo de otra excelente ( esta sí ) “novela gráfica” de los 80: Atari Force. Que ya se está haciendo esperar…

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1 comentario »

  1. Nacho said,

    Completamente de acuerdo con todo. Lo de “Atari Force” es uno de esos sueños imposibles. Como ocurre con otros tebeos como “Los micronautas”, los problemas de derechos hacen inviable esta aventura. Una lástima porque los dibujos de García López eran la rehostia.


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