febrero 16, 2010

El Adepto de la Reina. Sexo, mentiras y…

Posted in Impresiones literatas a 10:58 pm por ivanolmedo

Sí, lo reconozco. Hace mucho que no escribo una reseña, y si ahora me decido a poner las manos en la masa y enharinarme otra vez es, en parte, porque la obra a reseñar es de un amigo. Y, en otro tanto por ciento, quizás, para comprobar si no me he oxidado y todavía soy capaz de escribir algo con cierta gracia. A ello vamos…

Tras una bella portada, como casi todas las de Alejandro Terán, se agazapa la aventura terrible de El Adepto de la Reina, un trabajo que podríamos resumir en pocas palabras como una novela de espías con el trasfondo de la Guerra Fría trasplantado a un imaginario mundo a caballo entre la fantasía y la ciencia ficción. Como su propio autor, Rodolfo Martínez, no deja de proclamar ( y como podemos comprobar al poco de iniciar la lectura, merced a una escena muy definitoria ) su protagonista – el Adepto mencionado, para más señas – es un trasunto del más puro James Bond. Un reflejo del protagonista de Ian Fleming que, por cierto, deja a cualquier agente doble cero al nivel de un teletubbie. Yáxtor Brandan, tal es el nombre del canalla, es un agente de campo amoral e insensible, profundamente dedicado al servicio de Su Majestad y que, para más inri, carga a sus espaldas con un horrible secreto que permanece oculto hasta para él mismo. Mentiroso, manipulador, violador y asesino, Yáxtor es una joya ( ¿de la Corona? )que se ve inmerso en los habituales juegos de muerte y engaño y las trapacerías de las tiranteces entre los bloques de un mundo, Érvinder, al borde de la aniquilación total.

Todas las peripecias habituales y la iconografía bondiana encuentran acomodo en un universo que Martínez ha recreado a la medida de sus intereses, donde poder desplegar a gusto su registro más reconocible: una capacidad a prueba de bomba ( no es un chiste, no ) para narrar, directamente y sin entorpecimientos, aquello que quiere narrar o aquello con lo que se encuentra más cómodo y se lo pasa en grande narrando. Como he dicho en otras ocasiones refiriéndome a otras obras del autor, su capacidad para poner en frases acciones y acontecimientos de una forma directa que atrapa nuestra atención, no deja de ser envidiable. Algún pero hay que ponerle a esta seña suya de identidad literaria, y es que aquí, en ocasiones, abusa demasiado de coletillas recurrentes y marcas de fábrica propias, que al lector no pueden pasarle desapercibidas. Como si el filo relampagueante de su pluma no se mantuviese siempre del todo limpio. Con todo, me parece un mal menor para una propuesta enfrentada a un panorama actual bastante cargado de obras sobravaloradas y no poca basura coyuntural parida a la sombra fétida de las modas.

Respecto al universo creado aquí por el autor, susceptible de tener continuidad, como otros que han crecido bajo la misma mano, puede crearse un pequeño debate de si pertenece al escenario de la ciencia ficción o al de la fantasía. Personalmente, me inclino más bien por la segunda opción; los efluvios de este mundo, con sus caballeros ( bueno, llamarlos caballeros es hacerles un excesivo favor ) de espada al cinto, sus hombres de yerba y sus castillos, así me lo hacen oler. Mención aparte merecen las creaciones más socorridas de la obra: los carneútiles y los mensajeros, sin cuya decisiva presencia el mundo tramado aquí no podría sostenerse. No son ajenos a la percepción fantástica, tampoco, los sonoros nombres de diversas partes geográficas: Alboné, Hyburn, Khynai, Thunia, Quitán…  que me hacen rememorar a Moorcock o Robert E. Howard, éste último mencionado en los agradecimientos, por mor de razones que Martínez no desvela. Junto a los reconocibles aunque retorcidos nombres de algunos personajes ( Yang Fleng, Fléiter… ) y alguna que otra escena que nos resultará inevitablemente familiar, otra de las obsesiones del autor, el mestizaje y reciclaje, el reconocimiento sin ambages de que esta obra es lo que es, florece. Como he oído decir a algún contertulio, no se trata de una novela memorable, pero sí de una novela, añado, que nos aporta unas grandes dosis de refrescante lectura y unos buenos momentos de diversión. Si uno es capaz, claro, ( aparte de tragar la amarga píldora de las escenas más luctuosas ) de dejar a un lado el buenismo y aceptar que el protagonista, odioso en frecuentes ocasiones, es el protagonista. No dejemos que los estereotipos de prota/héroe, secundario/villano entorpezcan nuestros sentidos.

Por último, El Adepto de la Reina merece una reflexión aparte de lo puramente literario. Rodolfo Martínez inaugura aquí una empresa que parece, a la vez, arriesgada y apetitosa. Publicar él mismo su obra, bajo un sello propio, Sportula, y la impresión bajo demanda. Un modo de sacar su trabajo a la luz, sin apoyarse en una gran tirada, y gestionando él mismo los aspectos de promoción y otros. En un autor que no es precisamente un recién llegado, sino, de hecho, uno de la decena de nombres que se suelen citar como cabezas del género en este país, no deja de resultar chocante. Pero, en cierto modo muy de agradecer, a la vista de otras actitudes, más tendentes al “¿qué les pasa a los lectores”? y al llanto bajo las estrellas.

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