noviembre 25, 2011

NECROPHAGUS

Posted in Impresiones cinéfilas a 10:25 am por ivanolmedo

Una película venía esquivándome hace un porrón de años. No conseguía pillarla por la tele ( ni cuando en la tele pública se hacía caso al cine de género y hasta se organizaban ciclos), no podía o sabía descargármela, no conocía a nadie que la hubiera visto… las referencias que tenía eran por comentarios en fanzines y revistas blanquinegras de los heroicos tiempos anteriores a la Red. Hace poco la pesqué, de casualidad, en un canal de cine cañí. Me tragué los últimos minutos del enésimo visionado de las desventuras con boina de Paco Martínez Soria en la gran ciudad, y esperé pacientemente el inicio de Necrophagus. Dirigida por Miguel Madrid ( alias Michael Skaife ) en 1971, este clásico de los bodrios patrios nos lega una historia incomprensible sobre un doctor ( mad, es de suponer ) que realiza raros experimentos sobre sí mismo y se convierte en algo innombrable, que debe permanecer oculto a ojos de la Humanidad; pero todo tan mal contado, tan absurdo y tan confuso, que el mayor logro de la cinta es que pases 90 minutos sin enterarte de nada. Se pasean por el celuloide personajes tan tópicos como un sepulturero avieso, un marido compungido, un doctor trepa, otro doctor empanao, un policía que se cree graciosete, y un ramillete de féminas emparentadas que van de aquí para allá diciendo sus frases, o dejándolas caer y estrellarse contra el suelo, mejor dicho, para contribuir a la confusión general. El montaje de las escenas es particularmente doloroso, el aburrimiento más profundo domina todo lo que alcanza la vista, y el absurdo campa por doquier. Ni siquiera puede salvarla de la quema el típico choteo involuntario de otras propuestas zetosas, que aquí brilla por su ausencia. Si acaso, podemos concluir que agradecemos la presencia de Víctor Israel y Frank Braña, dos clásicos que nos caen bien, y nada más.
Por último, dos detalles que pasan directamente a la carpeta de lo inexplicable: el subtítulo de El descuartizador de Binbrook, que promete cosas que no son ( algo ciertamente habitual, por otra parte, en filmes de este calibre ); y lo más abracadabrante: en el festival de Sitges de 1971, Michael Skaife se llevó el premio a Mejor Director por esta soporífera ida de olla. Ex-aequo, eso sí.

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